El verano pasado estuve dos meses de viaje.

 

La peña suele fliparlo cuando se lo cuento, porque se piensan que soy millonario, que tengo mucho tiempo libre o que soy un cabrón con suerte.

 

Un día te contaré cuál es la opción correcta.

 

Pero hoy no es ese día.

 

Cuando piensas en viajar lo primero que decides es el lugar al que vas a ir. Y cuando lo tienes claro y solo entonces, te vienen a la mente las personas que podrías visitar allí o en el camino.

 

Pues yo lo hice al revés.

 

Primero pensé en las personas a las que quería visitar. Gente a la que quería tocar después de nuestra relación virtual.

 

Que le vamos a hacer, lo de los tocamientos me va.

 

Y cuando las tenía claras y solo entonces, decidí como diablos me las iba a apañar para ir a todos los lugares en los que estaban.

 

26 personas en dos meses.

 

Y las cabronas en sitios tan dispares como Orense, Vigo, Santander, Zaragoza, Barcelona, Burgos, Madrid, Ciudad Real, Toledo, Sevilla, Jaén, Málaga, Murcia, Alicante y Valencia.

 

Peña con la que he comido, cenado, visitado cuevas, encendido velas, hecho senderismo, jugado con sus hijos, grabado vídeos, tomado el Sol y bebido bastante cerveza.

 

Y con toda esa gente me ha pasado lo mismo.

 

La relación que teníamos cambió.

 

Porque rompimos la barrera del entorno en el que interactuábamos.

 

Ya no teníamos que actuar en base a las reglas que regían el marco digital en el que nos comunicábamos. Porque ese marco ya no existía.

 

En ese momento podía pasar cualquier cosa. Y vaya si pasó.

 

Para conectar, siempre hay que romper alguna barrera e ir un poco más lejos.

 

Si quieres conectar con tu equipo, no basta con asignar tareas, plazos y responsabilidades. Tienes que ir un paso más allá.

 

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